Saltar al contenido

Psicología educativa11 min de lectura

La atención en clase también empieza la noche anterior: sueño, pantallas y aprendizaje

Dormir poco puede dificultar la atención y el aprendizaje. Claves para familias y docentes sobre pantallas, descanso y acompañamiento sin culpas ni etiquetas.

Javier Alberto Jiménez Frías
Conecta y comparte

A primera hora, un alumno mira su cuaderno sin empezar. Ha escuchado la explicación, pero vuelve a preguntar qué hay que hacer. Otro se enfada ante un error que ayer resolvía con calma. Podemos pensar que les falta interés. Antes de concluirlo, conviene abrir otra pregunta: ¿han podido descansar?

No todo problema de atención nace la noche anterior. Pero el sueño forma parte de las condiciones que hacen posible aprender, igual que una explicación comprensible o sentirse seguro en clase. Mirarlo así cambia la conversación: de exigir más a comprender qué está pasando.

En pocas palabras

  • Dormir poco puede aumentar la somnolencia y dificultar la regulación emocional; no define la capacidad del estudiante.
  • Con las pantallas importan el momento, la actividad y si desplazan tiempo de sueño.
  • Familia y escuela pueden acompañar, sin prometer mejores notas ni buscar culpables.

Dormir no es tiempo que quitamos al aprendizaje

El sueño no consiste simplemente en dejar de hacer cosas. Durante el descanso se desarrollan procesos relacionados con la memoria; al día siguiente necesitamos, además, estar suficientemente despiertos para comprender una explicación y trabajar con ella. Por eso conviene distinguir dos asuntos: cómo se afianza lo aprendido y en qué condiciones llegamos para aprender algo nuevo (Gracia Bernad et al., 2024).

Una revisión reciente encontró que dormir menos se relacionaba con más somnolencia durante el día, aunque las respuestas variaban entre niños y adolescentes. Eso respalda proteger el descanso, pero no demuestra que una cantidad concreta de sueño produzca una subida determinada en las notas (Altaf y Spiller, 2025).

Hay también pequeños experimentos que ayudan a ir más allá de las asociaciones. En uno con escolares, ampliar o reducir el tiempo de sueño produjo cambios en la regulación emocional y la conducta que valoraban sus docentes, sin que estos conocieran el grupo asignado. Fue un estudio breve y pequeño: no midió una mejora de las calificaciones ni permite prometer el mismo resultado para todos (Gruber et al., 2012).

Qué puede notar el estudiante

Para un niño, descansar mal puede traducirse en una mañana en la que todo cuesta más. Seguir dos instrucciones, recuperar lo que acaba de leer o tolerar una corrección pueden exigirle un esfuerzo añadido. No siempre lo veremos bostezando: a veces observaremos irritabilidad o dificultades para regular la conducta. Son posibilidades que merecen atención, no signos que permitan diagnosticar nada desde el pupitre (Gruber et al., 2012).

En escolares chilenos, los problemas de sueño se asociaron con peores calificaciones y con una percepción más negativa de la atención y la memoria. Ese estudio no demuestra que el sueño fuera la única causa: también cuentan la salud, el contexto familiar y las oportunidades de aprendizaje (Henríquez-Beltrán et al., 2022). Un día cansado no es una medida de la capacidad de un niño. Y una dificultad persistente tampoco debe explicarse automáticamente por dormir poco.

Una maestra acompaña a un alumno cansado señalando un paso de su cuaderno, mientras otra alumna trabaja cerca.
Observar dificultades para empezar una tarea invita a ofrecer apoyo, no a concluir que un estudiante no quiere aprender.

Pantallas por la noche: la pregunta no es solo cuánto

Una videollamada con un familiar, una tarea escolar y una partida que nunca parece terminar comparten dispositivo, pero no son la misma experiencia. Para entender su relación con el sueño conviene preguntar cuándo ocurren, qué actividad se realiza y cuánto tiempo ocupan cuando ya habría que estar descansando.

Un estudio con registros de vídeo y mediciones del sueño distinguió entre usar pantallas antes de acostarse y utilizarlas ya en la cama. El tiempo de pantalla durante las dos horas previas no se relacionó con la mayoría de los indicadores estudiados. En cambio, usarlas en la cama, especialmente para actividades interactivas, se asoció con dormir menos. Fue observacional y se realizó con adolescentes jóvenes: no demuestra que cualquier uso previo sea inocuo ni permite extrapolar sin más a los pequeños (Brosnan et al., 2024).

La explicación no se reduce a la luz azul. Seguir conversando, enlazar vídeos o esperar otro mensaje puede retrasar el momento de intentar dormir. Un análisis reciente de parte de esa misma muestra tampoco encontró una respuesta fisiológica uniforme que explicara todos los usos. No es una prueba independiente ni definitiva, pero invita a evitar explicaciones demasiado simples (Meredith-Jones et al., 2026).

Otro seguimiento, esta vez de miles de adolescentes en Estados Unidos, relacionó determinadas conductas nocturnas, como dejar el teléfono con sonido, con peores resultados de sueño un año después. Sigue siendo una asociación, no un experimento que demuestre que cada notificación causa una noche peor (Nagata et al., 2024).

La conclusión práctica es proporcionada: proteger el tiempo de dormir importa más que discutir únicamente el total de pantalla del día. En el artículo sobre para qué utilizamos las pantallas en Primaria desarrollamos esa necesidad de mirar el contexto, no solo el contador.

Un escolar utiliza un teléfono en la cama; capas curvas de papel representan el tiempo que sigue pasando antes de dormir.
Acostarse no siempre significa empezar a dormir. Importan el momento, la actividad y el tiempo que el dispositivo ocupa en la cama (Brosnan et al., 2024).

Cuánto sueño orienta y qué significa de verdad

El consenso de la American Academy of Sleep Medicine sitúa el sueño habitual entre 9 y 12 horas por cada 24 horas para los niños de 6 a 12 años, y entre 8 y 10 para adolescentes de 13 a 18. Son rangos orientativos para población sana, no una obligación de alcanzar el extremo superior. También importan la calidad, la regularidad y cómo se encuentra el niño durante el día (Paruthi et al., 2016).

Además, estar en la cama no equivale a estar dormido. Si hay que levantarse temprano, el horario necesita dejar espacio para prepararse y conciliar el sueño. No hace falta convertir cada noche en una contabilidad obsesiva: resulta más útil reconocer si, de manera repetida, falta tiempo real de descanso.

Una rutina posible, no una familia perfecta

Las orientaciones pediátricas recomiendan regularidad y una transición tranquila hacia el sueño. Una propuesta cotidiana sería preparar la mochila, acordar el cierre de las actividades digitales y pasar a una actividad calmada, como conversar o leer juntos. La rutina es un apoyo, no un examen a la crianza. Este ejemplo adapta recomendaciones generales; no es un programa cuya eficacia se haya ensayado como conjunto (Hospital Sant Joan de Déu Barcelona, 2025).

Podemos empezar por un cambio viable: dejar los dispositivos fuera de la cama o silenciarlos y apartarlos cuando termina su uso. Si un niño depende de una tecnología de apoyo o de comunicación, habrá que adaptar el acuerdo, no retirarla indiscriminadamente. La finalidad es reducir lo que interfiere con el descanso, no convertir el dispositivo en enemigo.

Con los mayores conviene pactar de antemano cuándo termina una partida o una conversación y qué ocurrirá con los mensajes nocturnos. Los adultos también podemos participar en ese cierre. Para observar si un ajuste ayuda, es más útil conversar sobre cómo se encuentran al levantarse que perseguir una noche perfecta.

Guía de sueño habitual: de 6 a 12 años, entre 9 y 12 horas; de 13 a 18, entre 8 y 10. También importan calidad y regularidad.
Rangos orientativos para población sana, no una cantidad idéntica para cada niño. Fuente: consenso de la American Academy of Sleep Medicine (Paruthi et al., 2016).

Qué puede hacer el aula sin invadir la vida familiar

El docente observa y acompaña; no diagnostica trastornos del sueño. Si el cansancio se repite, puede describir hechos concretos en privado: cuesta empezar, se pierde el hilo de una instrucción o necesita que se la repitan. Preguntar a la familia si también lo nota abre una conversación distinta de «se duerme porque usa demasiado el móvil».

Como respuesta pedagógica, podemos ofrecer consignas claras, comprobar que ha entendido el primer paso y evitar convertir la lentitud puntual en una etiqueta. Son apoyos razonados para facilitar la participación, no un tratamiento del sueño ni una intervención validada como paquete. Una pausa activa bien planteada puede ayudar a retomar la actividad, pero no repone las horas que faltan.

También conviene interpretar con prudencia la lectura. Si utilizamos Cronolectura de Aula JJ Frías, una sesión con cansancio no basta para decidir cuánto comprende un estudiante. Podemos escuchar cómo explica el texto y observarlo en varias ocasiones, como contamos en leer con fluidez no siempre significa comprender. La aplicación es un recurso educativo, no una prueba de sueño ni una herramienta clínica.

Hay decisiones que requieren coordinación del centro: evitar que las tareas digitales obliguen a conectarse tarde, revisar cargas de trabajo y cuidar los horarios de comunicación con las familias. Educar sobre el descanso tiene sentido; pedir públicamente que cada alumno revele sus hábitos o clasificar familias según sus noches, no. La salud del sueño merece apoyo escolar y social, no vigilancia (Sociedad Española de Sueño y Asociación Española de Pediatría, 2025).

Un padre y su hija leen un libro de papel; dos teléfonos permanecen apartados en una repisa del pasillo.
Las rutinas compartidas pueden facilitar el cierre del día. Son un punto de partida adaptable, no una garantía ni un examen a las familias.

Cuando no basta con cambiar una rutina

Los horarios laborales, el ruido, compartir habitación o los trayectos largos condicionan lo que una familia puede hacer. No todo obstáculo se resuelve con más voluntad. En la adolescencia también cambian los ritmos de sueño. Por eso las recomendaciones necesitan ajustarse a la edad, las necesidades y las condiciones reales, sin exigir a los hogares que compensen solos problemas organizativos (Sociedad Española de Sueño y Asociación Española de Pediatría, 2025).

Si hay ronquidos habituales, despertares frecuentes, dificultades persistentes para dormir o cansancio que interfiere de manera repetida con la vida diaria, conviene consultar con pediatría. No hay que esperar a que bajen las notas. Algunos problemas requieren valoración profesional y no se solucionan únicamente retirando pantallas (Hospital Sant Joan de Déu Barcelona, 2025).

La finalidad no es rendir más a cualquier precio

Dormir bien es una necesidad de salud, no un truco para sacar mejores notas. Puede favorecer las condiciones para atender, participar y afrontar las frustraciones, pero aprender sigue dependiendo de la enseñanza, los conocimientos previos y muchos otros factores.

Quizá la pregunta más útil para casa y escuela sea esta: ¿qué podemos cambiar para que este niño llegue con mejores condiciones para aprender? A veces será apartar un teléfono; otras, revisar horarios, ofrecer apoyo o pedir ayuda profesional. La respuesta empieza por comprender, no por culpar.

Nivel de confianza de la evidencia. Moderado en la síntesis general: convergen revisiones, estudios observacionales y pequeños experimentos sobre sueño y funcionamiento diurno. Hay menos certeza sobre cuánto mejorarán las notas con una rutina concreta y sobre la magnitud del efecto de cada uso digital. Las propuestas de aula son aplicaciones pedagógicas razonadas, no tratamientos probados.

Cómo se elaboró este artículo

Síntesis narrativa de diez fuentes, consultadas el 10 de octubre de 2026. Se realizaron búsquedas en castellano e inglés mediante PubMed, Dialnet, SciELO, revistas y repositorios universitarios, con búsquedas dirigidas a Redalyc y RECOLECTA. Se priorizó la evidencia reciente y se conservaron trabajos anteriores por su pertinencia. No hubo acceso institucional a Scopus ni Web of Science, ni consulta directa de Google Scholar. Se incluyeron una revisión de autores españoles y un estudio con escolares chilenos: estar escrito en castellano no equivale a haberse realizado con población española. La evidencia internacional procede, entre otros contextos, de Canadá, Estados Unidos y Nueva Zelanda; buena parte de los datos sobre pantallas corresponde a adolescentes, no a todo el alumnado de Primaria. No es una revisión sistemática. Se verificaron referencias y resultados en textos originales o resúmenes bibliográficos; el metaanálisis de Altaf y Spiller se consultó a través de su resumen. Las ilustraciones son originales, generadas con IA y maquetadas para explicar las ideas; no representan participantes reales.

Referencias

  • Gracia Bernad, S., Sastre-Riba, S., y Viana-Sáenz, L. (2024). Sueño y rendimiento académico en la Educación Primaria. Una revisión sistématica. Revista de Psicología y Educación, 19(1), 60–72. DOI.
  • Altaf, A., y Spiller, J. (2025). Impact of sleep duration on daytime sleepiness in children: A meta-analysis. Sleep Medicine Reviews, 84, 102180. DOI.
  • Gruber, R., Cassoff, J., Frenette, S., Wiebe, S., y Carrier, J. (2012). Impact of sleep extension and restriction on children’s emotional lability and impulsivity. Pediatrics, 130(5), e1155–e1161. DOI.
  • Henríquez-Beltrán, M., Zapata-Lamana, R., Ibarra-Mora, J., Sepúlveda-Martin, S., Martinez, L., y Cigarroa, I. (2022). Asociación entre problemas de sueño y rendimiento escolar: Resultados de la encuesta de salud y rendimiento escolar de la provincia del Biobío 2018. Andes Pediátrica, 93(2), 235–246. DOI.
  • Brosnan, B., Haszard, J. J., Meredith-Jones, K. A., Wickham, S.-R., Galland, B. C., y Taylor, R. W. (2024). Screen use at bedtime and sleep duration and quality among youths. JAMA Pediatrics, 178(11), 1147–1154. DOI.
  • Meredith-Jones, K. A., Haszard, J. J., Galland, B. C., Wickham, S.-R., Brosnan, B. J., Russell-Camp, T., y Taylor, R. W. (2026). Screens, teens, and sleep: Is the impact of nighttime screen use on sleep driven by physiological arousal?. Journal of Sleep Research, 35(4), e70288. DOI.
  • Nagata, J. M., Cheng, C. M., Shim, J., Kiss, O., Ganson, K. T., Testa, A., He, J., y Baker, F. C. (2024). Bedtime screen use behaviors and sleep outcomes in early adolescents: A prospective cohort study. Journal of Adolescent Health, 75(4), 650–655. DOI.
  • Paruthi, S., Brooks, L. J., D’Ambrosio, C., Hall, W. A., Kotagal, S., Lloyd, R. M., Malow, B. A., Maski, K., Nichols, C., Quan, S. F., Rosen, C. L., Troester, M. M., y Wise, M. S. (2016). Consensus statement of the American Academy of Sleep Medicine on the recommended amount of sleep for healthy children: Methodology and discussion. Journal of Clinical Sleep Medicine, 12(11), 1549–1561. DOI.
  • Hospital Sant Joan de Déu Barcelona (2025). El 70% de los problemas del sueño en niños y adolescentes se pueden solucionar con buenos hábitos y rutinas. Entrevista institucional a Òscar Sans, 11 de junio. Fuente original.
  • Sociedad Española de Sueño y Asociación Española de Pediatría (2025). La Sociedad Española de Sueño y la Asociación Española de Pediatría reivindican la necesidad de hacer del sueño una prioridad en las políticas de salud desde la infancia. Comunicado institucional, 11 de marzo. Fuente original.