Saltar al contenido

Metodologías10 min de lectura

Relacionarse también se aprende: cómo ayudar a que todos encuentren su lugar en el colegio

Relacionarse también se aprende: descubre cómo organizar tareas cooperativas que favorezcan la participación, qué límites tiene la evidencia y cómo detectar quién queda al margen.

Javier Alberto Jiménez Frías
Conecta y comparte

Cuatro niños comparten mesa y preparan un mural. Uno decide el título, otro dibuja y los demás esperan. Al final, el trabajo queda estupendo. Pero ¿han aprendido todos? ¿Han sentido que su aportación contaba? En ocasiones, la distancia entre estar acompañado y sentirse parte se ve precisamente ahí: en una idea que nadie escucha o en una tarea que siempre termina resolviendo la misma persona.

El aprendizaje cooperativo puede ayudarnos a acortar esa distancia. No porque juntar al alumnado produzca amistad automáticamente, sino porque permite organizar oportunidades para escucharse, explicar, pedir ayuda y construir algo juntos. La pregunta docente no es solo con quién se sienta cada estudiante, sino qué necesita la actividad para que nadie quede como espectador.

En pocas palabras

  • Agrupar es compartir espacio; cooperar exige que las aportaciones se conecten y que cada estudiante aprenda.
  • La investigación ofrece resultados prometedores, pero aceptación, amistad y sentimiento de pertenencia no son lo mismo.
  • Escuchar, ayudar y discrepar con respeto también se enseñan: no conviene darlos por aprendidos.

Sentirse parte no significa ser el más popular

Pertenecer al colegio significa poder pensar: «Aquí tengo un lugar; puedo participar y me tratan con respeto». No exige tener muchos amigos, hablar constantemente ni parecerse al resto. Un alumno reservado puede sentirse integrado; otro, rodeado de compañeros, puede sentirse invisible. La investigación relaciona esa experiencia con el apoyo adulto, las relaciones entre iguales y el reconocimiento de las diferencias (Allen y Dong, 2026; Aragoneses de la Rubia et al., 2026).

Por eso, la inclusión no consiste en conseguir que todos se comporten de la misma manera. También implica que una estudiante pueda preparar su intervención por escrito, que quien está aprendiendo castellano disponga de apoyos y que una discapacidad no lo aparte de las decisiones. Parte de la evidencia procede de adolescentes y de otros países: orienta nuestra mirada, pero no describe automáticamente cada aula de Primaria.

Qué nos cuenta el alumnado de un colegio de Murcia

Un estudio de 2025 preguntó a 100 escolares de 3.º a 6.º de Primaria de un centro del Campo de Cartagena por su experiencia con el aprendizaje cooperativo. Sus respuestas valoraban la ayuda y la participación, pero también señalaban ruido, desacuerdos y diferencias en la implicación. Es una aportación interesante porque permite escuchar cómo viven la organización quienes trabajan dentro de ella (Rodríguez Pérez, 2025).

Hay una cautela importante: se estudió un solo centro, mediante cuestionarios y respuestas abiertas, sin comparar una intervención con otro grupo. El estudio recoge percepciones; no demuestra que cooperar cause por sí solo mejores relaciones. Tampoco permite afirmar que todos los niños actuales se relacionan peor o que sus familias sean responsables. Para sostener esas ideas harían falta otras pruebas.

Comparación: en un grupo un niño dirige el trabajo; en otro, los cuatro incorporan sus observaciones a una explicación compartida.
La misma tarea puede organizarse de formas distintas. Repartir una mesa no garantiza repartir la participación.

Lo prometedor no es una promesa

Una síntesis internacional reciente encuentra resultados globalmente favorables del aprendizaje cooperativo en distintos aprendizajes. Sin embargo, los resultados varían mucho según el contexto y el diseño de los estudios; el subgrupo con diseños plenamente experimentales no mostró un efecto significativo. Conviene entenderlo como un potencial que requiere buenas condiciones, no como una garantía de mejores notas (Güngör et al., 2026).

Un ensayo con alumnado de 5.º en Suecia ayuda a distinguir resultados. Tras una intervención acompañada de formación docente, mejoró ligeramente la aceptación entre compañeros, pero no se encontraron diferencias significativas en amistad ni en cómo percibían las relaciones del aula (Klang et al., 2020). Ser más aceptado, tener amigos y sentirse parte son logros relacionados, pero distintos. Una dinámica agradable no nos permite dar los tres por conseguidos.

De repartir tareas a necesitar las ideas de los demás

Imaginemos un grupo que prepara una explicación sobre una planta. Si cada integrante colorea una esquina, el producto será compartido, pero quizá nadie necesite comprender lo que hace el resto. La cooperación se vuelve más sustancial cuando cada cual aporta observaciones que el grupo debe escuchar, relacionar y utilizar, y después todos pueden explicar lo aprendido.

No basta con nombrar un portavoz. La tarea necesita un objetivo común y una responsabilidad personal reconocible. Podemos enseñar a pedir una aclaración, ofrecer una pista sin resolverlo todo o discrepar sobre una idea sin descalificar a su autor. Modelar estas acciones y practicarlas con continuidad resulta más razonable que esperar que aparezcan espontáneamente (OECD, 2025).

Esto conecta con enseñar rutinas y prevenir conflictos: explicar qué esperamos, mostrar cómo hacerlo y acompañar los intentos. La convivencia forma parte de los objetivos de Primaria; no es un extra que solo atendemos cuando algo sale mal (Ministerio de Educación y Formación Profesional, 2022).

Cinco momentos de una propuesta cooperativa: pensar, contrastar en pareja, compartir en cuatro, construir una explicación y explicar individualmente.
Propuesta didáctica propia y adaptable, inspirada en principios del aprendizaje cooperativo; no es un programa validado.

Una propuesta para el aula: cuatro miradas sobre una planta

Esta es una propuesta didáctica propia, adaptable a los contenidos y al grupo. No es una actividad cuya eficacia se haya probado tal cual ni una secuencia obligatoria. Su finalidad es hacer visibles las aportaciones y comprobar que el resultado colectivo se convierte en comprensión personal.

Primero, cada estudiante observa una planta o una imagen clara y prepara una idea sobre lo que necesita para vivir. Puede escribir, dibujar o señalar con apoyos. Después, en pareja, explica su aportación y escucha la del compañero. Este paso ofrece una primera oportunidad de ensayar antes de hablar ante más personas.

Al reunir dos parejas, cada integrante presenta una observación. El grupo construye una explicación común y decide cómo representar las relaciones entre las ideas. El docente puede preguntar: «¿Qué aportación os ha hecho cambiar o completar vuestra explicación?». No buscamos cuatro intervenciones idénticas, sino que el trabajo no dependa únicamente de quien responde más rápido.

Finalmente, cada estudiante explica una parte por sí mismo, oralmente, mediante un dibujo comentado o con otro apoyo adecuado. El producto del grupo no sustituye comprobar qué entiende cada persona. Cerramos preguntando qué ayuda recibieron y qué cambiarían para trabajar mejor. Si alguien no ha participado, ajustamos la organización; no concluimos que «no sabe trabajar en equipo».

Para desarrollar una investigación más amplia, el Congreso Científico de Aula JJ Frías ofrece materiales y tarjetas de roles que pueden adaptarse. Un rol tiene sentido si ayuda a participar y rota; no si convierte siempre al mismo alumno en quien manda y a otro en quien solo reparte. El recurso facilita la preparación, pero no acredita por sí mismo mejoras de pertenencia.

Qué puede cambiar para el estudiante

En una tarea así, un niño puede descubrir que su dibujo permite comprender una idea que otro no había visto; una compañera puede pedir ayuda sin quedar reducida a «la que no sabe». Son posibilidades pedagógicas que merece la pena observar, no efectos que podamos asegurar de antemano. Importa que la aportación sea valiosa, no que todos participen de una única forma.

En los primeros cursos puede ser más manejable empezar por parejas, con consignas breves y mucho modelado. En cursos superiores podemos ampliar la discusión y la autonomía si el grupo cuenta con apoyos. Estas adaptaciones son decisiones docentes, no fronteras de edad demostradas por los estudios. La experiencia previa, el lenguaje y las necesidades individuales también cuentan.

Un caso cualitativo de una comunidad de aprendizaje chilena destaca, desde los relatos de sus participantes, el diálogo y el respeto en la convivencia. Incluye alumnado de 7.º y 8.º básico, edades próximas al inicio de nuestra Secundaria, y no permite aislar el efecto de cooperar (Palma Salinas, 2025). Nos recuerda el valor de escuchar al alumnado, sin trasladar sus conclusiones como una receta para cualquier edad.

Un maestro escucha a un alumno que muestra un dibujo mientras otros escolares aportan tarjetas y observan una planta; una niña utiliza silla de ruedas.
El docente modela la escucha y ofrece distintas formas de aportar: hablar, dibujar, escribir o señalar.

El docente acompaña: no desaparece detrás del grupo

Organizar cooperación requiere tiempo para preparar la tarea, enseñar las interacciones y observarlas. Podemos empezar con una actividad acotada y revisar qué ocurre antes de extenderla. La organización del espacio del aula puede facilitar que se vean y compartan materiales, pero mover las mesas no enseña a escucharse.

Hay decisiones que corresponden al docente y otras que necesitan coordinación del centro: apoyos, continuidad entre cursos o respuesta a conflictos persistentes. Cooperar no debe significar dejar solo a un alumno ante burlas, rechazo o agresiones. Ante estas situaciones corresponde proteger, intervenir y seguir los protocolos del centro, no obligar a «entenderse» mediante otra tarea grupal.

Cómo saber si vamos por buen camino

Podemos observar quién aporta ideas, de quién se incorporan, quién pide ayuda y quién acaba haciendo el trabajo ajeno. También conviene comprobar la comprensión individual y preguntar, de forma discreta, si se han sentido escuchados. Son miradas complementarias: un mural completo no informa de todo eso.

El generador de rúbricas de Aula JJ Frías permite preparar indicadores sencillos para orientar la observación. Por ejemplo: explicar una idea, solicitar una aclaración o incorporar una aportación. Se evalúan acciones concretas y revisables, no la personalidad, la popularidad ni el valor de cada niño. Si los mismos quedan siempre al margen, cambiamos apoyos, agrupamiento o tarea.

Guía docente con tres preguntas sobre participación, comprensión y seguridad, y posibles ajustes cuando alguien queda al margen.
Observar el proceso y escuchar al alumnado permite revisar la organización; esta guía no es un test ni una escala diagnóstica.

Una pequeña parte para las familias

En casa puede ser más útil preguntar «¿Cuándo te han escuchado hoy?» o «¿Con quién te has sentido a gusto?» que contar amigos. Ofrecer oportunidades de juego y encuentro, cuando sea posible, no exige forzar relaciones ni llenar la agenda. Si el malestar se repite, familia y tutoría pueden compartir observaciones sin etiquetas ni culpabilizarse.

La pregunta que conviene llevarse

No necesitamos convertir a todos en personas extrovertidas. Necesitamos un aula donde participar no sea un privilegio de quienes hablan antes, dominan la materia o ya tienen un grupo. Antes de preguntarnos si el equipo ha terminado, podemos preguntarnos quién ha encontrado un lugar dentro del trabajo. Esa pregunta no resuelve todo, pero ayuda a decidir qué cambiar mañana.

Nivel de confianza de la evidencia

La confianza es moderada en el potencial de una cooperación bien acompañada para determinados aprendizajes y formas de participación, con resultados variables. Es más limitada para afirmar que produzca por sí sola amistades o pertenencia duradera. Los casos de Murcia y Chile aportan contexto y experiencias, no pruebas causales. Las propuestas de aula de este artículo son ejemplos razonados, no intervenciones validadas.

Cómo se elaboró este artículo

Síntesis narrativa elaborada el 10 de octubre de 2026 mediante búsquedas en castellano e inglés y consulta de Dialnet, SciELO, PubMed, publicaciones originales y organismos. Se priorizaron trabajos recientes, una síntesis cuantitativa y evidencia española e hispanoamericana; se añadió un ensayo anterior por su pertinencia para Primaria. No se accedió directamente a Scopus ni Web of Science. Se distingue entre publicaciones en castellano, población estudiada y equipos investigadores españoles. No es una revisión sistemática.

Referencias

  • Rodríguez Pérez, E. J. (2025). El aprendizaje cooperativo como método socializador en Educación Primaria: perspectiva del alumnado. Educación y Futuro, 53, 207–227. DOI.
  • Güngör, F., Altunbaşak, İ., Aydın, A. T., Kaya, M., & Erdem, C. (2026). A second-order meta-analysis on the effects of cooperative learning on students’ academic achievement, higher-order thinking, and affective behaviors. Current Psychology, 45, artículo 552. DOI.
  • Aragoneses de la Rubia, M., Fernández-Blázquez, M. L. M., & Barrios, Á. (2026). Sense of belonging in culturally and ethnically diverse educational contexts: a systematic review. Social Psychology of Education, 29, artículo 42. DOI.
  • Klang, N., Olsson, I., Wilder, J., Lindqvist, G., Fohlin, N., & Nilholm, C. (2020). A cooperative learning intervention to promote social inclusion in heterogeneous classrooms. Frontiers in Psychology, 11, artículo 586489. DOI.
  • Palma Salinas, I. (2025). Facilitando la convivencia escolar entre estudiantes de primaria. Un estudio de caso en una comunidad de aprendizaje chilena. Calidad en la Educación, 62, 213–243. DOI.
  • Allen, K.-A., & Dong, S. (2026). The science of belonging: Exploring the concept, drivers, barriers, and evidence-based solutions to cultivate belonging in K–12 education. Monash University, en colaboración con International Baccalaureate. Fuente original.
  • OECD. (2025). Proporcionar apoyo socioemocional. En Claves para una enseñanza de alta calidad. OECD Publishing. Fuente original.
  • Ministerio de Educación y Formación Profesional. (2022). Real Decreto 157/2022, de 1 de marzo, por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Primaria. Boletín Oficial del Estado, 52. Fuente original.